Vergüenza ajena

Todos hemos sido afectados de una u otra forma por el comportamiento de la delegación castrista en Panamá.  Detestable y bochornoso, sin comparación alguna con ningún otro fenómeno en la historia reciente, fueron los actos protagonizados por estos elementos. La comitiva estuvo formada por religiosos, académicos, intelectuales y profesionales. Evidentemente carentes de clase, educación y respeto por las opiniones de los demás. Son lo mejor de lo mejor, un digno ejemplo del hombre nuevo y de la nefasta influencia del comunismo en la sociedad cubana.

Golpizas, consignas y groserías han sustituido al sentido común, la discusión sana y el análisis crítico de la realidad nacional. Y, ¿por qué? Por la sencilla razón de que no tienen argumento alguno con el que sostener su ideología. Tienes que pensar igual que yo, amar lo que yo amo, servir a quien yo sirvo y si no lo haces tengo que destruirte porque en este mundo no hay espacio para los dos. Esa es la mentalidad de estos obtusos inyectada en la mente del pueblo por los Castro en los últimos 50 años.

Sentí un horrible dolor en el pecho cuando vi a estos gorilas golpeando injustamente a hombres y mujeres indefensos. Karatekas profesionales, militares de carrera y chusma común atropellando salvajemente a personas que solo han cometido el gravísimo pecado de pensar diferente. Imagino que la patria estaría sintiendo lo mismo al ver, como madre, a sus hijos en tan triste espectáculo. Al final es Cuba la que pierde, es la nación toda.

Y confieso que siento pena. Debe ser triste estar en la piel de estos brabucones esclavos. ¿Qué le dirán a sus hijos y a los hijos de sus hijos? ¿Que le entraron a palos a una dama por el mero hecho de poner flores frente al busto de Martí? ¿En nombre de quién y defendiendo qué? ¿En nombre de un tirano para defender la ignominia y el oprobio? Pasará a la historia como lo que son, matones a sueldo.

El mundo ha evolucionado, ellos no. Encerrados aún en la Isla, ajenos a toda realidad, abstraídos del planeta tierra, no acaban de comprender que nuestras sociedades hace mucho tiempo salieron de las tinieblas, las monarquías y las dictaduras.  Ya nadie impone criterios. Contrario a lo que sucede en Cuba, cada día somos más tolerantes y abiertos con los que piensan diferente. Nadie es dueño absoluto de la verdad, sino que todos (TODOS) los elementos participan activamente en la construcción de sus sociedades.

Esa, y no otra, es la razón por la que existe la variedad de partidos políticos, prensa libre, separación de poderes, organizaciones de derechos humanos y elecciones libres que vemos en las sociedades civilizadas y modernas.

Cuadros como este refuerzan la idea de que aún nos falta mucho por recorrer. Educar al pueblo en el respeto por lo demás, escuchar al prójimo, ser solidario con el dolor ajeno, a convivir a pesar de las diferencias, no es tarea fácil. Preparar a la sociedad cubana para la diversidad y el pluralismo es nuestra misión principal. Debemos desarmar la institucionalización de la bravuconería y sustituir la apostasía por la ley del amor y la tolerancia. Esa es la República que soñó Martí cuando afirmó: “yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

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